Saturday, May 06, 2006

Antología de un funeral ruidoso

Todo o casi todo lo que uno piensa nace de las experiencias personales. La idea de escribir este artículo surgió en la oficina en la que trabajo, algunos días atrás. Primero quiero aclarar algo: hago guiones para dibujitos animados de historia argentina. Estuve trabajando en un guión sobre la Revolución de Mayo (estructurado como parodia de la película The Breakfast Club), pero el calor me cansó y decidí darme un respiro y ponerme a ver televisión. Hay un aparato de 25 pulgadas en la sala junto a la mía. Tiene cable, lo cual es casi milagroso, teniendo en cuenta que en mi departamento apenas si puedo agarrar bien Canal 7. Los demás estaban conmigo, relajados, alguno con los pies sobre la mesa, depositando esperanzas en un ventilador que no lograba aliviar a nadie. Con el control remoto hacía zapping, mi tendencia natural es ir hacia los canales de música. Llego a MuchMusic. La veo a Brooke Burke, la morocha de Wild On!, y pienso: su programa se mudó de canal. Pero no. Escucho INXS, Suicidal Blonde. Aparecen los integrantes del grupo, todos a excepción (claro está) del bueno de Hutchence. No sé ni quiero saber sus nombres, pero son viejos, bronceados a cama solar, de escasos cabellos amontonados bajo toneladas de gel, con lentes enormes y camperas chillonas, con arrugas que el maquillaje jamás va a poder ocultar. Es un reality show. Los participantes, todos lindos, con dos o tres gordas intercaladas para no quedar mal (que jamás bajo ningún punto de vista van a ganar), miran a cámara como modelos de una agencia decadente, disfrazados de lo que ellos suponen es un rockero, algunos dándoselas de sensibles. Cantan alguna canción frente al jurado (que además de INXS está integrado por el desalmado Dave Navarro, como para insertar una figura mediática) y luego los tipos (¡la banda!) tienen que decidir quién se va. Como Operación Triunfo, pero peor. ¿Por qué peor? Bueno man, Hutchence se mató, se ahorcó, se colgó de un cinturón y se quitó la vida, y estos tipos están ahí buscándole un reemplazante, comportándose como un montón de monigotes desesperados por la guita. Un amigo me dijo:

-¿Qué querés con INXS? Chequea la biografía de los Stooges si querés rock. De estos no se puede esperar nada.

Seguro que no espero nada. No tengo un solo disco de INXS en casa. Pero el programa se llama RockStar, es decir, se vende como un producto rockero. Y MuchMusic es una de los tres cadenas de música que uno puede ver cuando enciende la tele. Y me salió del alma, eso que han dicho tantas veces me salió del alma:

-El rock está muerto.

¿Cuántas veces antes que yo alguien dijo o pensó lo mismo? ¿Hace cuánto que se viene diciendo que el rock está muerto? Se me ocurrió hacer una antología de eso, de las ocasiones en las que el rock ha sido fusilado frente a un paredón, siempre por sus propios soldados. Porque el rock es suicida, o traidor, es decir, lo matan sus propios músicos. Después vuelvo a la oficina.

Quiero aclarar que he buscado, en esta compilación, literalidad. No me sirve una canción-parábola sobre la muerte del rock o alguna declaración prepotente en contra de la enajenación de la industria musical. Busco la frase fatal: el rock está muerto. Sobre los hombres no tenemos dudas, salvo algún dictador argentino de bigotes, conocemos sólo dos formas de pensar al ser humano: vivo o muerto. Aquellos que afirman o han afirmado alguna vez que el rock murió son a los que me aboco, porque han sido tajantes.

El rock no se dio mucho tiempo de vida. Recordemos la terrible frase de Pete Thowsend, que Roger Daltrey cantaba con la típica desidia de la época: hope I die before I get old. El rock fue trasgresor desde un inicio. Quizá su mensaje no fuera explícito, pero la carga sexual de la música de Elvis y los riffs desenfrenados de Chuck Berry causaban verdadero revuelo entre los padres de la época, que veían cómo sus hijos querían parecerse más a esos energúmenos de pantalones de cuero que a ellos mismos. Sobre la sociedad de la época sobrevolaba una idea de agotamiento que los jóvenes (no contaminados por Hitler, el holocausto o la derecha norteamericana) vinieron a marcar a través de esa herramienta sonora que era el rock, descendiente directo de la música negra afroamericana. Por eso el grito de los Who, porque volverse viejo era ser como esos padres, que habían construido una sociedad rigurosa en la que cualquier cosa que saliera del molde era mal vista. Hoy, el bueno de Pete sigue girando con su banda, sin Moon y Enwistle, los dos muertos. Daltrey está sordo de un oído y necesita coristas para llegar a las notas altas. ¿El rock murió? Bowie también dijo algo parecido, que quería morir a los 25 años. Hoy tiene arriba de 60 y un banco a su nombre. Sigue sacando discos. ¿El rock murió? Bueno, el rock planteó plazos que luego no pudo cumplir. Siguió viviendo.

Uno de los primeros registros que se tienen de la aciaga frase datan, y esto es significativo, de 1956. La banda se llamaba Maddox Brothers and Rose, eran blancos, sureños y hacían rockabilly. Editaron un single cuyo nombre era, literalmente, The death of rock and roll. ¿En qué contexto se dijo semejante cosa? Bueno, ya se hablaba por entonces de la pureza del rock, defendiendo sus elementos musicales por encima de los bailes y los meneos de un tipo como Elvis, que según su opinión no sabía ni tocar ni cantar. Kevin J. H. Dettmar dice en su libro Is rock dead? que Elvis y los Maddox compartieron fechas en Louisiana y que, tanto los músicos como los críticos, deploraban la histeria que se generaba en los shows del muchachito de Memphis y las reacciones que generaba en las jóvenes (otra vez, la carga sexual del rock como elemento trasgresor casi primitivo). Así lanzaron en septiembre del 56 ese single con pronóstico funesto, que en realidad era un cover de un clásico de Ray Charles, I Got a Woman. Ya vemos la idea de un elemento conservador siendo avasallado por un elemento trasgresor.

El rock tuvo su estallido en los sesenta, a pesar de los hermanitos Maddox. Los Beatles, los Stones, Dylan, la Velvet, los Beach Boys, Hendrix, Zeppelin, todos lanzaron sus primeros discos en aquella década. Parecía que el rock iba a ser eterno. Pero como dijo Lennon en su legendaria entrevista a Jan Wenner para la Rolling Stone, “the dream is over”. El sueño terminó acabándose entre toneladas de merca, groupies embarazadas con los ojos en compota, la guerra de Vietnam, músicos ahogados en sus propios vómitos, discos solistas de McCartney, la tristeza total. El rock llegó a plantearse como una forma revolucionaria, y fracasó sin dudas. Se adoptó la pose y la estética, pero el contenido (si es que alguna vez hubo algo parecido a un contenido) se volvió con el tiempo un motivo de risa o en un lindo loop para temas de Primal Scream. Era lógico. Los Doors lanzan en 1969, en este contexto, Rock Is Dead, hoy casi un disco pirata, una obra cansada y despojada de cualquier intención de belleza, que combina algo de la poesía de Morrison, que pasó de icono sexual a gordo borracho que no querés que caiga a tu cumpleaños, con covers fatigados de viejas gemas del rock. Era como ver el pasado a través de una botella de whisky, rendir tributo a esa época en la que los músicos aún podían divertirse y pasarla bien. Era un tributo filtrado por una triste nostalgia, una melancolía envidiosa: ¿cómo pudieron estos tipos haber sido tan inocentes? Canciones dedicadas al amor puro eran, para Jim y sus amigos, con todo lo que estaba pasando, casi como un dibujito de Disney en el medio de una trinchera oscura. La juventud desencantada de sí misma, comandando un movimiento que no pudo triunfar. Ya no había a nadie a quien culpar. Había que mirarse en el espejo.

Recuerdo una frase que una profesora de Semiótica me dijo alguna vez: cuando un género es parodiado, ese género está muerto y necesita reformularse para seguir viviendo. No puedo creer que lo recuerde, ya que la semiótica no me gusta y son contadas las ocasiones en las que prestaba verdadera atención. Pero si esa horrible mujer (fumadora compulsiva, soltera a los 45, con problemas dentales muy mal curados) tiene razón, entonces ya a comienzos de los 70, grupos como Alberto y los Trios Paranoias estaban entonando el réquiem final del rock. Explícitamente, uno de sus discos se llamaba The death of rock and roll. Se burlaban de la grandilocuente música de estadios que se estaba haciendo cargo del negocio en ese momento. Incluso montaban un show llamado Sleak, en el que el cantante cometía suicidio en el escenario, frente a un público eufórico, algo que sucedió realmente en la vida de tipos como Lou Reed o Iggy Pop. Llegado a este punto, con músicos mofándose de los peores excesos de los Who o de Floyd, el rock efectivamente se reformuló en ese glorioso movimiento llamado punk. Porque el punk parte de la misma idea de la que parte Alberto y los Trios Paranoias (que no casualmente son de Manchester): el rock está muerto. Y fue ese el lugar del que arrancaron Rotten, Strummer, Devoto, todos ellos: salieron a hacer canciones de dos o tres acordes y de dos o tres minutos como máximo, con bajistas que apenas sabían tocar el bajo y cantantes con problemas de dicción. Humanizaron el rock, lo volvieron una herramienta posible para que los pendejos ingleses que veían a su país en llamas pudieran expresarse, sean o no virtuosos o integrantes del grupo Yes. Lo bajaron de los enormes escenarios en los que estaba montado.

¿Y? ¿Entonces? ¿El rock murió? ¿El punk fue su Harvey Lee Oswald? Con riesgo a parecer un snob aburrido, es interesante aplicar la dialéctica de Hegel al estudio del rock. Pensemos justamente en el punk. Encontramos un orden establecido, el rock de estadios (tesis). Luego una reacción a esa situación, digamos Nevermind the bollocks (antítesis). Finalmente, la asimilación de esa reacción por parte del sistema, tomándola como un elemento nuevo que en lugar de destruirlo lo hace más fuerte (síntesis). Porque, hay que decirlo, el punk fue absorbido por la industria, que editó sus singles y ofreció contratos a todo el mundo. Los discos de los Ramones ya estaban en la calle y a pesar de su indiscutible calidad artística, no lograban el éxito deseado. Los Pistols se separaron por su propio carácter autodestructivo. Los Clash viraron hacia la izquierda comandados por el inquebrantable Joey Strummer. Recuerdo que durante los ochenta los malos de las películas americanas vestían como punks, y enseguida se me viene a la mente el inicio de Terminator I, en el que los pandilleros (entre ellos un joven Bill Paxton) parecen integrantes perdidos de los 13° Floors Elevators.

¿A qué viene esta digresión? A que luego de que el estallido punk se acallara y pasara a ser sólo una nueva cara del monstruo, la identidad del rock comenzó a discutirse, a debatirse, a ponerse en juego. Y el dinero, que siempre fue el verdadero dueño del circo, gobernando las decisiones de los sellos discográficos, programando las emisoras de radio y televisión, evaluando a los artistas según su éxito financiero y la cantidad de placas que venden, en un juego monetario al que la mayoría de los músicos se prestaron sin muchos problemas, ese dinero, encontró su mejor aliado a mediados de los ochenta: MTV. MTV le dio imagen al rock, comenzó a decidir (inevitablemente, por otro lado) lo que era bueno y lo que era malo, y pasó de ser un canalcito que pasa vídeos a ser una empresa multinacional que vende celulares, amolda cerebros y fomenta el consumo desenfrenado de un porcentaje atemorizante de la juventud. Tengo la sensación idiota de que si algo que me gusta aparece en MTV (algún artista, alguna canción), ese algo ha sido prostituido en algún punto. Porque luego de él vendrá seguramente el reality show de Jessica Simpson o el vídeo de Airbag, es decir, la peor banalización. Nunca esperé ver a Stephen Malkmus en Cribs, y esa es una de las razones por la que respeto su integridad artística. ¿Si pudiera, formaría parte de ese circo el bueno de Stephen? Mejor no hacerse la pregunta. Goodbye to the rock and roll era.

¿Entonces MTV y la globalización terminaron de fusilar al rock? Tampoco. Hay toda una escuela teórica que cree que el rock es un movimiento juvenil idealista asesinado por las multinacionales y el poder corruptor de la televisión. Pero eso no es cierto. Ya los dólares regían mucho antes, y ya junto a los Beatles salían de gira los Monkees. Es decir, ya había música barata y bandas pop con coreografía y toda esa basura. El rock tiene tantas definiciones como personas intenten definirlo. La oposición entre un orden conservador y otro renovador es un elemento utilizado por la sociología para estudiar la dinámica de las sociedades. Pero es también un sistema abstracto que puede aplicarse a toda invención humana. Todo aquel músico que cree que su idea de rock no es respetada o es avasallada por otros músicos nuevos, declara con resentimiento que ha muerto.

Hay varios ejemplos. La banda de Tommy Dunbar, The Rubinoos, expertos en gemas pop y perpetuos relegados de los charts, editaron en 1977 un disco homónimo que incluía la canción Rock and roll is dead. Claro, el rock que les ganaba en los rankings no se parecía al que ellos hacían, pariente de los primeros Beatles y del pop más naif de los sesenta. La misma lógica reina en el tema Rock and roll is dead de los Rubettes, ingleses contemporáneos que (para que se hagan una idea) tenían un tema llamado My Buddy Holly Days, y hacían covers de canciones como Roll Over Bethoven. Los días del gran Buddy habían terminado, sin duda. Luego está el caso del retrorockero Ben Vaughn (que le hace la música a sitcoms estadounidenses como That 70´s Show o Third Rock from the Sun). Ben, montado en su Rambler 65, salió a recorrer su país y a recrear gemas countrys y rockabillys. Tuvo, además, el tiempo suficiente como para criticar el estado actual de la música que tanto ama en la canción Rock is dead.

No quiero ponerme a efectuar una enumeración aburrida, porque la mayoría de los artistas que pronunciaron la frase son llevados por esa razón común: esto no es rock, que generalmente esconde la idea este no es el rock que hago yo. Basta decir que el caso de homicidio más reciente es el de los Hellacopters, que a finales del reciente 2005 sacaron un disco llamado, expresivamente, Rock & Roll Is Dead. Es interesante comprobar que las declaraciones de este tipo proliferan luego de los setenta, momento en el que, habíamos dicho, comienza a buscarse una identidad para todo este lío. Incluso los Stones lanzan el single It´s only rock and roll but I like it, como si se estuvieran disculpando, como si se estuviera admitiendo que el rock and roll es algo estúpido o avergonzante o un placer demasiado simplón.

Los casos más resonantes son, sin dudas, los de Lenny Kravitz y Marilyn Manson, cuyas canciones sobre la muerte del rock llegaron a ser, incluso, hits de MTV . El caso del Reverendo es clásico: para él, el rock ha perdido su carácter trasgresor y por lo tanto ha fallecido sobre su propio conservadurismo. Quizás esto vaya de la mano con el hecho de que el propio Manson ha dejado de juntar religiosos en las afueras de los estadios en los que toca, transformándose en otro monstruo tragado por la maquinaria kafkiana de las multinacionales. Lo de Kravitz es diferente, porque Rock and Roll is dead es más autoreferencial que un ensayo sobre el estado de las cosas. Sería un caradurismo de su parte plantear la canción de otra manera, ya que entonces se puede suponer que viene bailando sobre la tumba del rock hace ya quince largos años.

¿A qué conclusión arribar? Los límites de la música contemporánea son cada vez más difusos, y están en permanente expansión. Antes se podía reaccionar ante algo, los roles de cada uno de los actores estaban claros y el transgresor y el conservador se conocían bien las caras. Pero ahora, con la irrupción de Internet, con la multiplicación de canales de difusión gratuitos, la música tiende a segmentarse. A la globalización le ha salido el tiro por la culata. En esta misma revista hay una nota al cantante de los Mountain Goats, banda que conocí de casualidad, navegando en la red, y debo admitir que soy fan de los Black Keys (dúo blusero estadouinidense) por haber puesto equivocadamente la palabra Keys en el Google. Los chicos comienzan a pasar más tiempo frente a la computadora que frente al televisor, sus intereses se van ramificando y, aunque Internet sigue funcionando sobre todo como perfecta herramienta para acceder a la pornografía, también permite bajar el disco del artista que se desee en unas pocas horas. Los críticos especializados están diciendo que el mejor disco del año 2005 fue Illinoise de Surfean Stevans. Es gracioso saber que la mayoría lo tiene copiado en un Verbatim. ¡Y es el mejor disco del año! Suponer que bajar música de Internet es un robo, es estúpido. Es mucho más que eso: se trata de una tendencia cultural, de una nueva forma de acceder al arte. La industria debe transformarse en ese sentido, a pesar de todos los Lars Ulrich del mundo.

El músico, por otro lado, también es influido por esta nueva realidad. Antes sus discografías eran similares, manejaban siempre los mismos títulos. Ahora ha dejado de ser así, cada uno se ve influenciado por música muy distinta y eso permite la creación de múltiples estilos que se van fusionando y mezclando en el eterno devenir de las cosas. En última instancia seguiremos midiendo la música por el alma que uno pueda detectar detrás de ella. Pero una cosa es segura: el rock no está muerto. Pensar que lo está porque ya no se parece a lo que a nosotros nos gusta es idiota. Además, ¿cómo juzgarlo muerto si en la página purevolume.com hay miles y miles de canciones con miles y miles de bandas que esperan ser escuchadas? El rock tiene un carácter más universal que cualquier otra música de raíz folclórica, el country o el tango para ejemplificar, y es por eso que ha ganado la batalla: porque puede meterse en todos los mercados del planeta. El rock es un enorme pozo negro que absorbe miles de estilos, no se trata ya de la música de Chuck Berry, calificamos como rockeros a artistas tan disímiles como Elton John o Lemmy de Motorhead. Por eso las diferencias y los homicidios retóricos. Nunca escuche que un compilado de chamamé se denominara El chamamé esta muerto.

Para cerrar, quiero apelar al ya nombrado Dettmar y a su libro Is Rock Dead? Dettmar utiliza el clásico de Joseph Conrad, Heart of Darkness, para establecer una metáfora sobre la ceguera necia de aquellos que pronostican el aciago fin del rock. Cito: “(...) La narración de Charlie Marlow sobre las “últimas palabras” del Coronel Kurtz es, creo, una escena generalmente malentendida. Las palabras de Kurtz que cierran este capitulo, “¡El horror! ¡El horror!” son las más famosas de la literatura moderna, y han sido vistas por críticos posteriores como un perfecto análisis del Siglo XX. Pero estudiando el texto de Conrad con mayor profundidad, descubrimos que “¡El horror! ¡El horror!” no es necesariamente la última frase de Kurtz; en realidad, es la última frase que Marlow, nuestro protagonista y narrador, se acerca a escuchar. “¡El horror! ¡El horror!”es la última frase de Kurtz sólo porque luego de que fue pronunciada, Marlow apagó la vela de un soplido y salió del camarote de Kurtz. Es luego, mientras Marlow come su bocado, que se oye que un muchacho anuncia “Kurtz – ha muerto”. El momento en que Kurtz ha muerto verdaderamente, y cuáles fueron de hecho sus últimas palabras, ni Marlow ni nosotros los lectores lo sabremos jamás. (...) Debemos decir, entonces, que Kurtz murió porque Marlow dejó de escuchar. (...)

No apaguemos la vela entonces, sigamos escuchando. Hay un montón de rock ahí afuera. A pesar de INXS, Brooke Burke y Dave Navarro.

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